Temblores en Nuevo León…

Héctor Jaime Treviño Villarreal | Cronista e historiador

El 13 de mayo de 1845, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, por conducto de su presidente Gral. José G. de la Cortina, solicitó a todos los departamentos –designación dada a los Estados por los centralistas-. Información “con toda extensión posible”, acerca de los temblores que se hayan sentido en su jurisdicción.

El Dr. Manuel María de Llano a la sazón Gobernador de Nuevo León y socio activo de la corresponsalía o Junta Auxiliar de la S.M.G.E. en estos lares, envió un oficio donde hizo saber lo siguiente: “Como los temblores que se han sentido han sido suaves y momentáneos, no han producido otros efectos que el susto y sobrecogimiento que de suyo ocasionan”.

Sin embargo, mandó se recogiera toda la información al respecto, con las personas mayores de Monterrey y ordenó se revisasen los archivos, lo que arrojó que hasta ese año se habían sentido cinco temblores de tierra: el primero se observó el año de 1799, el segundo en 1831, el tercero en 1833, el cuarto el 9 de julio de 1838 y el quinto el 28 de abril de 1841.

Por las experiencias obtenidas se llegó a la conclusión “de que estos movimientos han venido siempre de norte a sur y que por lo común son presagios de estos sacudimientos, una especie de calma en las alturas y un aire tan caliente que parece enrarecido y agitado por el mismo fuego”.

De Llano aseveró que todos los temblores fueron momentáneos, a excepción del último, cuya duración fue de 42 segundos, no obstante, no causó daños personales, ni mal alguno a los edificios.

Explicó en el ocurso respecto a las causas que han producido estos sacudimientos “se cree generalmente que sean las materias inflamables que probablemente contiene el asiento del Cerro del Topo, de cuya falda brota un ojo de agua termal bastante caliente, distante una legua de esta capital hacia el noreste”.

La afirmación anterior fue el inicio de la leyenda urbana de que el Cerro del Topo Chico, podría comportarse en cualquier momento, como un volcán, cuestión muy alejada de la realidad.

El Lic. Santiago Roel Melo en su valioso libro Nuevo León, Apuntes Históricos, acota: “el 28 de abril de 1841, se sintió en Monterrey un fuerte temblor aunque de muy corta duración. Fue acompañado y seguido de un sonido sordo ‘como de muchos carruajes que vienen a lo lejos’ –según decían las crónicas entonces- que pareció proceder de oriente, pasando por la población y terminando en la Sierra Madre frente a Santa Catarina. Este temblor se sintió también en Linares, Galeana, García y otros pueblos”. Registra también los de 1795 –De Llano lo ubica en 1799- el de 1831 y el de 1838, así como “el último, muy leve, fue en 1911. Ninguno de ellos ha causado daño a las poblaciones, ni a sus habitantes”.

En años posteriores se han producido otros, hacia los municipios de Montemorelos, Rayones, Galeana, Cadereyta Jiménez, China, Gral. Bravo, Dr. Coss, Dr. Arroyo, Los Ramones y el 29 de agosto de 2016, se sintió en toda el Área Metropolitana de Monterrey un temblor de 4º en la escala de Richer, cuyo origen fue a 38 kilómetros de la cabecera municipal de Cadereyta Jiménez, N. L. Todos, afortunadamente tenues y sin consecuencias.

Nuevo León se encuentra en una zona asísmica* y estos movimientos son causados por el acomodamiento de las capas terrestres, donde no entran en juego las leyes de la isostasía, ni el desplazamiento de placas tectónicas que se da en las zonas sísmicas del país.

En la última década se han detectado más de 300 sismos, siendo el de mayor intensidad uno que se sintió el 29 de noviembre de 2013, en Cadereyta Jiménez, N. L. de 4.5º Richer y los expertos aseguran que son producto de la práctica criminal del fracking, técnica para obtener gas shale, por parte de empresarios voraces, la sobreexplotación de los mantos acuíferos y no se puede descartar algunos acomodamientos de las capas terrestres.

*Aunque ahora, tal vez tengamos que cambiar de opinión, ante los frecuentes temblores.

 

 

FUENTES: AGENL. Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 1945, expedientes 1 y 2.

Roel Melo, Santiago. Nuevo León, Apuntes Históricos. Ediciones Castillo, Monterrey, N.L., Cuarta impresión. 1985. p. 147.