El mejor amigo de mi mejor amigo es mi peor enemigo

Por Henio Hoyo / Profesor-Investigador, Departamento de Ciencias Sociales Universidad de Monterrey

Hay un adagio que dice que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Eso, cuando menos en la guerra, parecer ser algo de sentido común. Pero el conflicto en Siria es todo menos común.

El régimen de Assad cuenta con tres grandes aliados: el grupo Hamas, Irán, y Rusia. Por un lado, Hamas e Irán le proveen de armas, pertrechos y voluntarios. Por el otro, Rusia ha resultado esencial no sólo por las cantidades industriales de armamento y pertrechos que destina a Assad, sino también por la campaña de bombardeos de su fuerza aérea, que ha sido determinante para cambiar el curso de la guerra. Finalmente, Rusia también ha sido invaluable en el frente diplomático, por ejemplo vetando cualquier resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que pueda afectar al régimen de Assad.

Evidentemente, Hamas e Irán por un lado, y Rusia por el otro, son profundamente distintos y tienen intereses divergentes. Sin embargo, están de acuerdo en cooperar para sostener a un “amigo” común. Frente a ello, en el bloque anti-Assad hay una situación tan compleja que raya en lo absurdo. Occidente simplemente no ha logrado establecer con él una relación coordinada, y esto no por falta de ganas, sino porque dicho bloque está tan fragmentado y enfrentado entre sí, que hace imposible casi cualquier apoyo.

El caso paradigmático es el las milicias kurdas del norte y noreste de Siria. Ellas están compuestas principalmente por kurdos sunníes, pero incorporan importantes minorías étnicas y religiosas, incluyendo cristianas. En conjunto, han hecho de la diversidad, la libertad, los derechos humanos y particularmente, los derechos de las mujeres sus banderas políticas; no en balde, una de las caras más visibles de las milicias kurdas son sus unidades femeninas (YPJ) cuya participación directa y ferocidad en combate ha llamado la atención del mundo, y provocado el miedo entre sus oponentes – particularmente de los de ISIS quienes, en su fanatismo, creen que ser abatidos por una mujer les impide ir al paraíso.

Los kurdos han logrado posicionarse así como la opción ‘civilizada’ en Siria, frente a la barbarie de ISIS, la represión genocida del régimen de Assad, y las divisiones internas del resto del bloque opositor. Y sin embargo, el apoyo de Occidente hacia ellos ha sido limitado. ¿Por qué no apoyar al bando más visiblemente progresista? Pues porque Turquía, un país miembro de la OTAN y también firme aliado de Occidente, considera a los grupos armados kurdos, dentro o fuera de su territorio, como células terroristas que buscan la independencia de Kurdistán – un país que, de existir en la realidad, abarcaría gran parte de la Turquía actual. De hecho, el régimen cada vez más autoritario del Presiente turco Erdogan se ha basado casi completamente en la necesidad de acabar con los grupos disidentes, particularmente los kurdos; a tal punto, que en enero de este mismo año, el ejército turco invadió Siria, pero no con el objetivo de derrocar al enemigo Assad, sino de destruir a las milicias kurdas – aunque ellas también estén luchando contra Assad.

Así, Occidente tiene pocas opciones: cualquier acción para beneficiar a uno de sus aliados, puede romper la relación con el otro. Si Assad gana la guerra, será tanto gracias al pragmatismo de Hamas, Irán y Rusia (“amigos de mi amigo”) como porque los opositores a Assad, particularmente turcos y kurdos, prefieren combatirse entre sí. Ideologías y nacionalismos logran lo kafkiano: que tu prioridad no sea combatir al enemigo común, sino al amigo de mis amigos… aunque ello implique que todos perdamos.

 

Contacto: henio.hoyo@udem.edu